LOS FAROS

Las paredes del salón de mi casa están repletas de foto y cuadros con imágenes marinas. En algunos, un solitario barco se enfrenta a las olas, como las tempestades del pintor británico Turner, uno de mis preferidos. En otros, los barcos navegan en calma, o la imagen atrapa un momento de la vida de un puerto, o una dulce puesta de sol sobre la Concha de San Sebastián.
En otras imágenes aparece un faro. Es una de mis fijaciones. Me gustan los faros y los colecciono. Tengo faros enmarcados, en punto de cruz, faros en los que puedo meter una velita para dar un tenue ambiente a la habitación. No sé qué es lo que me atrae de un faro pero si veo una foto de alguno de ellos en una revista o periódico, no puedo evitar recortarla y si se da el caso, enmarcarla.
Mis preferidos son los faros que se levantan solitarios en una isla, los que son atacados sin piedad por las olas de un mar oscuro; en mitad del gris, aparecen inquietantes, normalmente pintados de blanco, quizá azules o con una banda roja. Parece que dicen: “Aquí estoy, a ver si os atrevéis conmigo”.
Quizá lo que me atrae de los faros es ese halo de soledad que los rodea, son como mundos apartados, hasta allí no parece llegar lo que sucede en otros lugares.

En ciertas épocas y en tierras lejanas como Cornualles, en Gran Bretaña, o incluso en el norte de España, había quien practicaba la piratería, iluminando falsamente una zona peligrosa, para provocar el naufragio de barcos y hacerse con el botín que dejaban. Eran naufragadores y creo recordar que en uno de los libros de Los Cinco, de Enid Blyton, hablaban del tema.
El faro va unido al mar, es el guía de los marineros perdidos, es el consuelo de las almas solitarias.

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UN INSTANTE IRREAL

Cuando llegamos a Thornbury Castle, al sur del condado de Gloucester, a través de una avenida de árboles, nos encontramos con la típica muralla de un castillo de cuento de hadas. Pensado en principio como fortaleza, se empezó a construir sobre antiguos restos en 1511, por el duque de Buckingham, y en 1535 fue confiscado por Enrique VIII, pasando allí varios días junto a Ana Bolena.
Pensé que el coche nos iba a dejar allí mismo. Sin embargo, seguimos hasta una puerta en el muro que conducía al interior. Era el patio de armas, ahora con una maravillosa zona de verde césped donde encontramos al equipo de rodaje de una película de época que descansaba bajo el sol.
Entramos en el edificio y encontramos el interior típico de un castillo medieval. Armaduras, paredes de piedra y antiguos paneles de madera, banderas y escudos. Allí mismo estaba la recepción del, hoy en día, lujoso hotel. Íbamos a una boda y nos condujeron por una puerta que daba a una escalera de caracol y que llevaba a las habitaciones. La escalera se enredaba en sí misma, y producía cierta confusión.
La habitación que nos enseñaron era amplia, con una magnífica cama con dosel, paredes de madera, artesonados en el techo y ventanas típicamente medievales con un poyo para sentarse. La chimenea presidía la estancia y las paredes estaban decoradas con tapices. El resto de las habitaciones, por lo visto, son igual de lujosas.
Después bajamos a la zona de recepción. Allí, a través de una pequeña puerta, y mientras los demás se perdían por otros salones, salí al jardín, como Alicia en el País de las Maravillas. No recuerdo una sensación igual en toda mi vida; aquel lugar era mágico. Había una atmósfera difícil de explicar, como si todos los espíritus de los antiguos propietarios del castillo estuvieran allí presentes.
El jardín se encontraba rodeado de un muro terminado en almenas. Había una parte libre de setos y de árboles, con un camino de grava. A un lado, una columna remataba en una brújula que se movía con la brisa. El otro lado tenía parterres llenos de flores, algunos cortados a modo de cúpulas naturales, bajo las cuales uno se podía sentar en bancos de piedra; una verdadera delicia. Hacía una temperatura de primavera perfecta, con unas suaves nubes tamizando el sol, y un aire fresco que se mezclaba con el aroma de las flores. No se oía nada, salvo el zumbido de las abejas y el canto de los pájaros.
Allí estaba yo, con todo aquel jardín para mí sola, como habría estado la pobre Ana Bolena algunas de sus pocas primaveras. Con una copa de champán en la mano, el momento fue tan sublime que deseé que no acabase nunca.
Pero terminó cuando llegó el resto de invitados, aunque perdura en mi pensamiento. Si cierro los ojos, puedo verlo de nuevo.

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El jardín oculto

Estábamos paseando por Bath. Es una ciudad que da para mucho. Visitamos la abadía. En una de las hermosas vidrieras está representado el rey Arturo y, en principio, no recordaba en cuál de ellas. Mi hermana fue en su busca y preguntó a un anciano que parecía pastor anglicano. El hombre se sorprendió al saber que en una de las vidrieras estaba el rey Arturo. Mi hermana la descubrió y se la mostró.

Después de la abadía, intentamos visitar las termas romanas pero la fila de espera era larguísima, por lo que entramos en el Pump Room, que está al lado, maravilloso y carísimo salón de té. También estaba lleno, con lo cual fuimos a pasear, primero por el Circus, calle totalmente circular, casas incluidas, y luego por el Royal Crescent, cuyas casa se disponen en semicírculo.

Rodeamos la enorme campa de hierba verde, donde la gente suele tumbarse al sol a comer, oír música, etc.  y tomamos un estrcho camino, entre árboles y vegetación. Olía a hierba, las mariposas pasaban a nuestro lado como parte de un cortejo. De vez en cuando encontrábamos un muro antiguo de piedra, parte de los secretos escondidos de la casa de la propiedad.

Mi otra hermana nos dijo: “seguidme”, mientras abría una chirriante puertecilla en uno de aquellos muros. No sabíamos a dónde íbamos. Subimos tres escalones de piedra y…ahí estaba: uno de los jardines más bonitos y curiosos que he visto nunca. Se trataba de un jardín de estilo georgiano, perteneciente a la mansión que se elevaba detrás de él.

No era grande pero arbustos, plantas y flores de todos los tipos recorrían sus cuatro paredes. En el medio un estanque rectangular a modo de impluvium que, en sus tiempos, habría contenido anémonas, sapos, y otros. En el ambiente había algo decadente, fantasmal y sin embargo, no producía temor. Flores, abejas, los trinos de los pájaros, todo nos invitó a sentarnos en el asiento de forja cubierto que, a modo de columpio, nos transportó con su suave balanceo por los aires de otra época.

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Seres delicados

Al releer El nombre de la rosa, de Umberto Eco, me topé con esta fantástica sentencia: “El libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los ladrones, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas”.

No puedo estar más de acuerdo. Debo confesar que soy muy celosa de mis libros. No me gusta prestarlos y a la pregunta de si tengo tal o cual título, prefiero mentir y decir que no para no verme obligada a dejarlo. ¿Soy una egoísta? Creo que no tengo ese sentimiento de la propiedad tan aferrado como cuando se trata de mis libros.

Sé que se pierden, no son devueltos, y en manos inexpertas no están bien tratados. Pienso que son como las flores o las plantas. Solo el que sabe, las trata con el amor y el respeto que merecen y, por ello, ellas responden creciendo y floreciendo hermosas.

Esos libros antiguos que recuperamos en librerías de viejo, con sus hojas temblequeantes y ocres, han sufrido, son frágiles; merecen manos suaves y sabias.

Quizá por eso, Umberto Eco unió en su obra el amor a los libros con la delicadeza y la belleza de la rosa. De ambos, solo queda el nombre (o título).

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