20 sep 2011 No Comments
LOS FAROS
Las paredes del salón de mi casa están repletas de foto y cuadros con imágenes marinas. En algunos, un solitario barco se enfrenta a las olas, como las tempestades del pintor británico Turner, uno de mis preferidos. En otros, los barcos navegan en calma, o la imagen atrapa un momento de la vida de un puerto, o una dulce puesta de sol sobre la Concha de San Sebastián.
En otras imágenes aparece un faro. Es una de mis fijaciones. Me gustan los faros y los colecciono. Tengo faros enmarcados, en punto de cruz, faros en los que puedo meter una velita para dar un tenue ambiente a la habitación. No sé qué es lo que me atrae de un faro pero si veo una foto de alguno de ellos en una revista o periódico, no puedo evitar recortarla y si se da el caso, enmarcarla.
Mis preferidos son los faros que se levantan solitarios en una isla, los que son atacados sin piedad por las olas de un mar oscuro; en mitad del gris, aparecen inquietantes, normalmente pintados de blanco, quizá azules o con una banda roja. Parece que dicen: “Aquí estoy, a ver si os atrevéis conmigo”.
Quizá lo que me atrae de los faros es ese halo de soledad que los rodea, son como mundos apartados, hasta allí no parece llegar lo que sucede en otros lugares.
En ciertas épocas y en tierras lejanas como Cornualles, en Gran Bretaña, o incluso en el norte de España, había quien practicaba la piratería, iluminando falsamente una zona peligrosa, para provocar el naufragio de barcos y hacerse con el botín que dejaban. Eran naufragadores y creo recordar que en uno de los libros de Los Cinco, de Enid Blyton, hablaban del tema.
El faro va unido al mar, es el guía de los marineros perdidos, es el consuelo de las almas solitarias.






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